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TV y Segunda Modernización |
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Artículo
de opinión del Secretario General de RVTA, Don Carlos Rosado Cobián Parece inevitable que cada vez que se habla de modernización los intelectuales acaben señalando con el dedo a la televisión, acusándola de los males actuales o haciéndola responsable del futuro mejor o peor de la sociedad. Es verdad que el fenómeno de la TV preocupa a los analistas y científicos. Unos se limitan a hablar de sus riesgos. Otros van más allá y le atribuyen a la TV una función que no puede cumplir, al menos, en vez de la escuela y el entorno familiar: la educación del individuo. Si hiciéramos el ensayo de programar de acuerdo con las indicaciones de estos “teóricos a la violeta” y con eso nos apartáramos de las preferencias del público ,descubriríamos lo que saben todos los profesionales del medio: que no se puede obligar a la gente a que vea lo que no quiere ver. Y nos encontraríamos con unos excelentes programas (aceptémoslo a efectos dialécticos) que solo vería una minoría. Aunque parezca un simplismo, el trabajo de un profesional de la programación consiste en emitir el programa que guste a la mayoría de los que están viendo la televisión en una hora determinada y pagando el precio más razonable. Si equivocamos al target de la audiencia y programamos el mejor programa de TV a la hora equivocada o pagamos por él el precio inadecuado, todo el tinglado de la TV se viene abajo y aunque la TV sea pública (sin riesgos, pues, de quiebras, aunque el caso de Portugal parezca desmentirlo) se deslegitima y pierde su razón de ser: prestar un servicio a la comunidad, a la mayor parte de la colectividad. Conviene recordar, además, que la diversidad es un principio básico del servicio público de radiodifusión, como apunta la propia Comisión Europea en su Comunicación al respecto del pasado mes de noviembre. Los intelectuales ajenos al medio olvidan algo esencial para entender este fenómeno. Y es que LA TELEVISIÓN ES UN ESPEJO. Refleja cómo somos, emite lo que le gusta a la gente. El problema es que hay minorías que no se reconocen en ese espejo o no les gusta cómo somos, repito, la mayoría. Programar según el gusto de las minorías es practicar una especie de despotismo ilustrado a través de los rayos catódicos. Porque una televisión pública , gratuita y generalista se justifica ontológicamente por su capacidad de ser vista por la mayoría de cada grupo social que está frente al televisor en una franja determinada. Y así se hace aquí, a través de Canal Sur Televisión y de Canal 2 Andalucía. Con aciertos y errores nuestros responsables disponen cada día de una foto- fija de la audiencia andaluza y buscan la mejor opción de acuerdo con la creatividad del medio y las posibilidades económicas. Se queja alguno de que el programa que le gusta no se emite a su hora preferida. Si hubiera una mayoría de acuerdo con él así se haría. Esta es la cuestión. Nada tiene más carga democrática que esta decisión. Máxime cuando a las minorías suelen pertenecer los mejor dotados económicamente y tienen a su alcance una más amplia oferta que se adecue a sus gustos.Y si la ciudadanía no se equivoca con su voto tampoco se equivoca con su mando a distancia.Lo que nos cabe es permitir que la demanda minoritaria tenga, proporcionalmente, cabida en la pantalla,como las minorías tienen garantizado su acceso a las instituciones en la proporción popular que representan y de ellos , tan solo , depende que logren convertirse en mayoría. Hemos venido a aceptar que la TV descansa en tres pilares: formar, informar y entretener. Pero no a partes iguales. La mayoría acude a la televisión para divertirse, sobre todo en el prime-time, las horas de la noche de máxima audiencia, a informarse junto a otros medios y, en mucha menor medida, a formarse. Es cierto que la TV ha de incluir en su programación una oferta formativa pero solo la sigue ese segmento particular que desea hacerlo y a esa demanda se responde. No hay una sola razón lógica que justifique programar contra los gustos mayoritarios porque desde la TV no se puede imponer a los espectadores modelos y hábitos que no comparta.. Lo que no puede descuidar el programador es el deslizamiento de conceptos contrarios a principios democráticos y a su alcance está procurar que en la programación aparezcan ideas en imágenes que favorezcan la emisión de valores que deban ser amparados. Poco más se puede hacer en este campo. En todo caso seguir con las campañas de sensibilización ciudadana. Pero si no hay nadie en la escuela y en el entorno familiar que inculque al niño la afición por la lectura, por ejemplo, endosarle esa responsabilidad a la TV es poner al lobo a guardar a las gallinas. Ya se han encargado los intelectuales de advertir del mayor riesgo que entraña la TV como único medio de conocimiento: que dificulta la comprensión de los conceptos abstractos. En el mundo de la imagen no hay lugar para la abstracción. Incluso, Habermas, ha llegado a considerar a la televisión como un medio “culturalmente regresivo”. Que nadie se moleste, pero los que provenimos de la cultura del libro quizás estemos incapacitados para comprender las lógicas a las que responde la cultura audiovisual. Eso sin llegar a sostener ,como hace Vicente Verdú, que los críticos de la tv pertenecen a un “ grupo de palurdos decimonónicos...escombros de una cultura que va dejando de mandar y donde ellos se juegan exasperadamente el dominio”. Como se ve, hay división de opiniones. En cualquier caso, la TV es imprescindible en todo esfuerzo modernizador pero actuará en él como un espejo que refleje los progresos alcanzados en los campos de acción previstos. Afortunadamente, no basta con la TV para resolver los problemas de la sociedad, no está en las solas manos de los responsables de la TV la cultura, la opinión y la información de un pueblo. Ese empeño elitista y dirigista que vemos en las columnas de los dioses menores de la comunicación sirve para alentar el aldeanismo intelectual de los oficiantes o para otros fines más pedestres y terrenales pero no vale para analizar objetivamente el complejo mundo de la televisión ni para conjurar sus peligros y sus vicios, que los tiene. |
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